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LA SEÑAL DEL ALFARERO Y EL BARRO

LA SEÑAL DEL ALFARERO Y EL BARRO
(Pastores Gonzalo y Andrea Sanabria)

Cuando Dios envió a Ananías a ministrar a Saulo de Tarso, le dijo: “ve, porque instrumento (vasija) escogido me es este”. Somos hijos de Dios, con un plan específico diseñado por el Señor, y él nos lleva en un continuo proceso de maduración, y tiene como objetivo formar la imagen de su Hijo en nosotros, y usará todas las herramientas y circunstancias para cumplir Su volunta­­d en nosotros. Él es el alfarero y nosotros barro en sus manos...
   

LA SEÑAL DEL ALFARERO Y EL BARRO     

“Palabra de Jehová que vino a Jeremías, diciendo: Levántate y vete a casa del alfarero, y allí te haré oír mis palabras”, Jer. 18:1-2. 

1.  La obediencia de Jeremías. Lo primero que Dios le dice a Jeremías es: “Levántate”, podemos ver ésta palabra desde la perspectiva física y emocional. Quizá estaba cansado, o demasiado cómodo. Emocionalmente afectado: el pueblo de Israel estaba bajo de ánimo, pues Babilonia era el imperio opresor, Israel estaba en decadencia moral, espiritual y política; fue tiempo de guerras y crisis, y el ministerio de Jeremías enfrenta oposición de sus hermanos, otros profetas y reyes; básicamente por el contexto su mensaje fue de juicio, quizá todo esto había traído una sombra de desaliento sobre el profeta, pero Dios le dice: “Levántate”.     

Jeremías somete su razón para obedecer por revelación. A veces obedecer a Dios implica avanzar, aunque no entendamos lo que está pasando; detrás de la obediencia se esconden grandes milagros y bendiciones, como le sucedió a Elías con la viuda de Sarepta de Sidón. Dios nos enseña varias cosas en éste texto de Jeremías:

a)   Él sabe a qué escenario nos lleva para enseñarnos (“vete a casa del alfarero”).
b)  La obediencia nos hace avanzar hacia la revelación y bendición de Dios (“allí te haré oír mis palabras”).
c)  El sometimiento a Dios, es fundamental para ser transformado, “Y descendí a casa del alfarero, y he aquí que él trabajaba sobre la rueda”, Jer. 18:3 (Jeremías “desciende”, quizá su casa estaba en un lugar más alto de la ciudad y debe descender; a veces “descender” no es agradable, pero sin duda alguna es necesario).
d)   La casa del alfarero nos habla de aquel escenario dónde Dios trabaja.     

2.  La restauración de una vasija, Jer. 18: 4a: “Y la vasija de barro que él hacía se echó a perder en su mano”. Cuando el alfarero comienza su labor, ya tiene en mente que vasija hará. Asimismo Dios ha planeado un diseño y propósito para cada uno, desde antes de la fundación del mundo. Él es el Arquitecto Divino.

En éste desarrollo podemos ver procesos afectados, vasijas quebradas, soldados heridos. Aunque Dios tiene grandes planes y su amor por nosotros es inmenso, a veces la vasija se echa a perder en su mano, por dificultades del material (dureza, impureza, falta de consistencia, piedras y objetos extraños…). Hablamos de dones mal utilizados, líderes que se apartaron, hermanos que caen y se quedan allí, resentimientos que nunca llegaron a un genuino perdón, otros se estancaron en el proceso, etc. Pero Dios tiene el poder para restaurar, “y volvió y la hizo otra vasija, según le pareció mejor hacerla”, Jer. 18: 4b. Es interesante que el alfarero hizo una vasija nueva y mejor, y  además utiliza el mismo material, no lo desechó. Dios no rechaza a nadie, y siempre hará cosas mejores. Dios quiere y puede usarte

3.  Dios usa una técnica apropiada para cada uno. El alfarero conoce muy bien su oficio. En casa del alfarero encontramos la rueda, el barro, los hierrillos y desbastadores, utilizados para dar forma, quitar las asperezas, y pulir los detalles de la vasija; y por supuesto el horno, que da la dureza correcta y estructura final a la vasija. Dios requiere de nosotros sometimiento y arrepentimiento genuino, Jer. 18:5-9. Dios es soberano, es bueno, santo y justo. Sus manos son bondadosas con el humilde de espíritu, y fuertes con el soberbio de corazón. Cuando la vasija ha pasado por todo el proceso debidamente, al final, el alfarero la decora y hermosea, porque de allí saldrá a ocupar lugares de prominencia, y participará de eventos reales. De igual manera Dios levanta sus vasijas a lugares de honra y bendición, depositando en ellas sus tesoros, por eso dice la Escritura que somos “vasijas de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios y no de los hombres”.
    
Conclusión: Bendito sea Dios, quien tiene grandes planes con nosotros; algunas veces estos planes sufren, se estancan, se dañan. Pero Dios tiene el poder de restaurar, ante un genuino arrepentimiento, Dios interviene con su poder sanando, levantando y  restaurando.

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